Antonio de Padua: ejemplo para predicadores


Miércoles, Febrero 24, 2010 | Noticias de la Iglesia Universal

 

Ciudad del Vaticano.- Benedicto XVI dedicó la catequesis de la audiencia general de los miércoles a San Antonio de Padua, “uno de los santos más populares de la Iglesia Católica”. El santo nació en Lisboa, alrededor de 1195, en una familia noble. Después de un tiempo con los Canónigos Agustinos ingresó en los Frailes Menores, con el deseo de ir a Marruecos como misionero. Tras una enfermedad regresó a Italia, donde realizó una intensa y eficaz actividad apostólica. Murió en Padua, en 1231, y fue canonizado en 1232 por el Papa Gregorio IX.

“Antonio -explicó  el Papa- ha contribuido de forma significativa al desarrollo de la espiritualidad franciscana, con sus extraordinarias dotes de inteligencia, equilibro, entrega apostólica y, principalmente, fervor místico”, y fue “uno de los primeros maestros de teología de los Frailes Menores, por no decir el primero”.

“La riqueza espiritual de las enseñanzas contenidas en ellos -dijo el Pontífice- es tan grande que Pío XII, lo proclamó en 1946 Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de “Doctor evangélico”, porque de sus sermones brota la frescura y verdad del Evangelio”.

Antonio de Padua o de Lisboa, como se le llama también, define la oración “como un relación de amor que lleva al ser humano a dialogar con el Señor”, y la articula en cuatro actitudes indispensables: “abrir con confianza el corazón a Dios, hablarle afectuosamente, presentarle nuestras necesidades, alabarlo y darle gracias”. Esa enseñanza refleja, dijo Benedicto XVI, “una de las características de la teología franciscana, el papel central del amor divino que entra en la esfera de los afectos, de la voluntad, del corazón y es también  fuente de la que brota una sabiduría espiritual que sobrepuja cualquier otra”.

Pero el “Doctor evangélico” conoce también los defectos de la naturaleza humana: “la tendencia a caer en el pecado, y exhorta a combatir la inclinación a la codicia, al orgullo y a la impureza. A principios del siglo XIII, en el contexto del renacimiento de las ciudades y el florecimiento del comercio, crecía el número de personas insensibles a las necesidades de los pobres. Por eso, Antonio invita siempre a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón” y a buscar la amistad de los más necesitados.

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