Teólogo y defensor de la libertad de la Iglesia


Viernes, Septiembre 25, 2009 | Noticias de la Iglesia Universal

 

Ciudad del Vaticano.- San Anselmo, una de las personalidades más eminentes de la Edad Media, fue el protagonista de la catequesis del Santo Padre en la audiencia general de los miércoles. Anselmo nació en Aosta  (Italia), en 1033. Primogénito de una familia noble, recibió de su madre una profunda educación humana y cristiana. Durante su juventud, tras un período de abandono de los estudios y de disipación moral, viajó a Francia en busca de nuevas experiencias, y llegó a la abadía de Bec, atraído por la fama de Lanfranco de Pavía, prior del monasterio. El santo pasó a ser el discípulo privilegiado de Lanfranco y abrazó la vida monástica a los 27 años.

 

Tres años después, tras el nombramiento de Lanfranco como abad de Caen, Anselmo se convirtió en prior de Bec, revelando “dotes de educador refinado”. “No le gustaban los métodos autoritarios: comparaba a los jóvenes con pequeñas plantas que crecen mejor si no se las cierra en invernaderos y les concedía una sana libertad. Era muy exigente consigo mismo y con los demás en la observancia monástica, pero en lugar de imponer la disciplina, hacía que se siguiera mediante la persuasión”, explicó el Papa.

 

Cuando Lanfranco de Pavía es nombrado arzobispo de Canterbury (Inglaterra), pide a Anselmo que le ayude en la instrucción de los monjes y con la comunidad eclesial, que se encontraba en una situación muy difícil debido a las invasiones normandas. A la muerte de Lanfranco, Anselmo le sucede en esa sede arzobispal, en 1093. El santo “se empeñó inmediatamente en una lucha enérgica por la libertad de la Iglesia, sosteniendo con valor la independencia del poder espiritual del temporal”, y “defendió a la Iglesia de las ingerencias indebidas de las autoridades políticas, sobre todo del rey Guillermo el Rojo y de Enrique I”. Su fidelidad al Papa le costó el exilio en 1103.

 

Anselmo dedicó  los últimos años de su vida, falleció el 21 de abril de 1109, a la “formación moral del clero y a la investigación intelectual sobre cuestiones teológicas”, ganándose el título de Doctor Magnífico. “La claridad y el rigor lógico de su pensamiento tuvieron siempre como fin -recordó el Papa- llevar la mente a la contemplación de Dios, recalcando que los teólogos no pueden contar solo con su inteligencia, sino cultivar al mismo tiempo una experiencia de fe profunda”. 

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